Soy El Pino.
Soy el pino carrasco que ha custodiado este valle mucho antes de que el primer camino serpentease por la montaña. Cuando la tierra tembló bajo mis raíces la noche tormentosa del 25 de diciembre de 1884, yo tenía apenas un siglo de vida. Mi tronco aún era lo suficientemente flexible para resistir el gran terremoto mientras las casas se derrumbaban en el casco antiguo de Albuñuelas.
Esa misma noche, una joven familia huyó de su casa agrietada y ascendió la ladera en plena oscuridad, guiados solo por el instinto y la esperanza. Me sintieron firme entre el caos, como un ancla en medio de la tormenta y decidieron empezar de nuevo bajo mi copa. Así nacería La Loma, la parte alta del pueblo.
Siglo XIX
El cortijo comenzó a construirse poco después del terremoto, y se terminó en 1904. Fue levantado con piedra local, esfuerzo familiar y la voluntad de crear un hogar donde antes solo había monte.
Hoy, 140 años después, el bisnieto de aquella joven familia, Don Alberto García, con más de 90 años de sabiduría, aún recuerda la historia de sus bisabuelos: cómo encontraron refugio bajo mis ramas y reconstruyeron aquí su vida.
Siglo XX
Décadas más tarde, en los años 90, llegó James Connell, un reconocido pintor escocés con alma viajera, junto a Antonia Ruano, su mujer española, una profesora llena de vitalidad. Buscaban luz, silencio y paisaje… y encontraron un hogar.
Supieron ver el potencial del cortijo y lo restauraron con cariño, llenándolo de arte, color y una atmósfera creativa que atrajo, desde el principio, a amantes del arte y escritores tan ilustres como John le Carré, quien escribió aquí parte de su novela El Jardinero Fiel.
Siglo XXI
En los años 20 de este siglo, una pareja hispano-alemana, Mª José Garcia y Christian Engelhardt, tomaron el relevo como guardianes de El Pino. Tras recorrer el Camino de Santiago por la costa norte, viajaron al sur, a la tierra de origen de la familia de Mª José. Dicen que fue amor a primera vista - y comenzó una nueva etapa.
Impulsados por una visión en común, revitalizaron el cortijo con mirada de ingeniero y sensibilidad estética. Fusionaron la herencia andaluza con elegancia contemporánea y tecnología sostenible, preservando la esencia de la casa : esa alma tranquila y luminosa que caracteriza a los grandes cortijos andaluces.
Hoy, el cortijo que creció bajo mi copa sigue siendo un refugio para el descanso y la inspiración de huéspedes de todo el mundo. Y yo, con cada encuentro, sigo contando mi historia de creación y hospitalidad.
Soy El Pino.
He visto temblar la tierra… y también he visto cómo renace.